
Si en el anterior jukebox estábamos en 1966 con los Rolling , en este jukebox retrocedemos diez años hasta 1956, la época de los auténticos orígenes del rock, y vamos a hablar de su auténtico fundador: Elvis Preysley. Sin él el rock no sería tal como lo conocemos. Elvis fue realmente grande de 1955 a 1960. Luego hizo el servicio militar y se convirtió en una "estrella establecida" sin ya nada nuevo que aportar. Pero cedo la palabra a Nik Cohn en su maravillosa biblia del pop "awopbopaloobop alopbamboom", el libro escrito en 1969 que es la mejor crónica de esos años.
"Lo que el rock necesitaba en aquel momento para despegar era un héroe universal, un símbolo. Alguien que fuera muy joven, especial, incompartible -una propiedad exclusiva de los teenagers-. Alguien que pudiera cristalizar el movimiento entero, darle tamaño y dirección. Evidentemente, Bill Haley (el primer rockero con su "Rock Around The Clock") no daba la medida, pero Elvis sí que la daba.
Su gran contribución fue el demostrar hasta qué punto podía llegar la capacidad económica de los teenagers. Antes de Elvis, el rock había sido un gesto de vaga rebelión; en cuanto él llegó se convirtió en algo sólido y de contenido propio, que imprimió su estilo en la ropa, en el lenguaje y en el sexo; una total independencia en casi todos los aspectos, en cosas que hoy se dan como aceptadas.
Fue entonces cuando se dio la mayor ruptura de los "teen", y Elvis fue quien la provocó. De este modo, y sin ni siquiera habérselo propuesto, se convirtió en una de las personas que han afectado de una forma más radical la manera de vivir y de pensar de la gente.
Las patillas le llegaban hasta el lóbulo de las orejas, y su pelo, lleno de brillantina, se disparaba en un enorme tupé. Tenía la sonrisa ladeada y la usaba continuamente. Cuando la música arrancaba, Elvis comenzaba a contornearse, moviéndose de tal forma que en algunas ciudades prohibieron sus actuaciones por obscenas. "Elvis está moralmente enfermo", arguyó un pastor baptista, y eso acabó de encumbrarle en lo más alto.
Su actitud sexual fue lo que le definió y le marcó una constante. En las generaciones anteriores, por más que los cantantes tuviesen un gran sex-appeal, nunca habían podido resaltarlo, viéndose obligados a disfrazarlo con romanticismos. Por el contrario, Elvis era de lo más descarado. Cuando sus caderas empezaban a moverse, los pretextos ya no tenían sentido, era un hecho totalmente físico.
Con cantantes de baladas como Frank Sinatra las chicas suspiraban, se desvanecían y sollozaban románticas y más bien inocentes. Con el pop, sin embargo, todo se convirtió en pura fantasía sexual. Sentadas en las salas de conciertos, las colegialas gritaban, se pegaban y se desmayaban. Se excitaban. Se entregaron por primera vez a toda clase de atrocidades y se sintieron tan desinhibidas porque siempre existía un cinturón de seguridad: el cantante de pop era en sí mismo algo inalcanzable, irreal, y nada serio podía ocurrir. Era una explosión de sexo sin sentido alguno. Las chicas se transformaban, se liberaban y volvían a casa con sus novios, a continuar representando su papel de vírgenes.
Todo esto no fue nada atractivo, pero sí muy sano: actuó como una válvula de escape. Gritar ante Elvis, los Beatles o los Rolling Stones ha sido siempre algo reconfortante como confesarse o ir al psicoanalista.
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